Empecé a escribirlo este verano. Un buen amigo terminó un libro que llevaba más de cuatro años escribiendo, y que simplemente me maravilló. Un fantástico tocho de más de 300 páginas de Word de literatura fantástica y muy, muy épica. Y lo confieso, en cuanto devoré el increíble final de su libro pense: "¿Por qué no intentarlo?..."
Coincidió además que nada más acabar ese empecé el primer tomo de Canción de Hielo y Fuego, y claro, cuando aún no iba ni por la mitad, mi dosis de fantasía en vena era ya tan alta que me vino la inspiración y me puse a escribir
Es, o al menos pretende ser, una novela que mezcla fantasía y realidad, aunque en realidad la historia que tengo en la cabeza incluye también elementos de misterio, aventuras, romances, intrigas palaciegas... e incluso algún despunte policíaco. Pero claro, todo eso todavía no se ve aún porque pensado tengo mucho, pero escrito muy poco.
Otra advertencia: algunos nombres propios, sobre todo los de ciudades, son todavía provisionales. Pero bueno, no afectan a la lectura
Y sí, tary, lo del nombre sí es coincidencia
Bueno, ahí va. La primera parte del primer capítulo. Espero que os guste
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- 1 - Hacia el norte
Apenas debían quedar unos pocos kilómetros. Avanzaban hacia el norte, cuesta arriba por la suave pendiente. Tenían ya unas ganas enormes de llegar; de poder, por fin, parar a descansar.
La marcha era lenta; los cascos de los caballos se hundían en la gruesa capa de nieve fina, limitando sus movimientos. Hacía rato que los dos viajeros habían desmontado para aliviar peso a las monturas, que hacían más esfuerzo del habitual para avanzar. Caminaban junto a ellas, llevándolas de las riendas y hábilmente colocados entre ambas, usándolas de barrera contra el gélido viento y la nieve. Algunas ramas bajas, además de las rocas y raíces que sobresalían pero que, cubiertas por la nevada, no se distinguían con facilidad, entorpecían aún más el ya de por sí complicado avance. Hacía horas que estaban en silencio, sin pronunciar palabra alguna; preferían reservarse las energías para combatir el intenso frío.
En medio de aquel silencio, sólo interrumpido por el suave crujido de la nieve y la hojarasca al ser pisadas, el graznido cercano de algún cuervo sobresaltó a las monturas. Frenaron en seco, con ojos atentos y orejas enhiestas, y sus dueños trataron de tranquilizarlos acariciándoles el lomo. Los animales comprendieron que no había peligro alguno, y reanudaron la marcha.
Una de las monturas era un esbelto corcel gris, un gris más oscuro e intenso de lo habitual. La crin y la cola, largas y muy cuidadas, eran de un gris más oscuro y más intenso aún en la raíz, que se iba tornando en negro hacia las puntas. La parte baja de las patas traseras era el único lugar donde el gris se aclaraba, en forma de calcetín, hasta convertirse en un tono blanquecino que creaba un bonito contraste con el negro carbónico de los cascos. El otro animal, un poco más pequeño en tamaño pero igualmente recio y esbelto, era una preciosa yegua de un color blanco deslumbrante, tan níveo que podía llegar a confundirse con aquel terreno helado. La crin y la larga cola relucían más blancas y más deslumbrantes aún, y semejaban delicadas cascadas de nieve hilada de un blanco tan puro que el Sol les arrancaba destellos plateados cuando brillaba.
Pero el Sol, ya cerca del horizonte, hacía muchas horas que no brillaba. Privaba a los viajeros del calor reconfortante de sus rayos, escondido como estaba tras una densa cortina de nubarrones negros que amenazaban con una noche larga y pasada por agua. O por hielo y nieve. Porque, desde que el cielo se había cubierto, la nevada no había hecho más que crecer, acompañada siempre de un fuerte viento que clavaba los copos en los rostros de los viajeros como si de afilados cuchillos se tratase. Iban enfundados en varias capas de cuero, lana y gruesas pieles animales, y provistos de guantes, bufandas y botas altas. Pero nada de todo eso consiguió evitar que el fuerte y gélido aire se colara por los recovecos y les cortara los labios y la cara, les agarrotara los músculos y les calara hasta los huesos. Se acurrucaron más aún dentro de sus capuchas, dejando el espacio justo para poder ver.
Así era el final del invierno al norte de Synnuen, muy cerca de Borelôen, la ciudad más septentrional del reino. Más allá, hacia el norte, se erguían imponentes en la lejanía los Montes Últimos, una elevada y extensa cordillera tras la cual los menos decían que terminaba el mundo, y los más que había una extensión infinita de océano, conocido como el Mar Eterno. En cualquier caso, nada se sabía con seguridad y todo eran meras conjeturas y creencias populares, pues habían sido muy pocos los aventureros que se habían adentrado en aquellas heladas e inhóspitas montañas primero, y después en aquel supuesto mar sin fin. Y, si sólo unos pocos habían emprendido el viaje, muchos menos eran los que habían regresado. Y ninguno de ellos recordó nunca nada de su viaje. Todo lo que se sabía era que la cara sur de la cordillera era muy empinada y escarpada, siempre cubierta de nieve y hielo, y que el clima allí, incluso en verano, era mucho más frío y crudo que el más frío y crudo invierno registrado nunca en cualquier otro lugar de La Península.
La marcha proseguía por aquel terreno boscoso, entre tejos de mediano tamaño, puntiagudos cipreses que se alzaban imponentes contra el cielo, y pinos cuyas ramas más altas se doblaban por el peso del la nieve acumulada sobre ellas. El sotobosque, en verano, estaba compuesto por multitud de hierbajos, plantas aromáticas, diversas especies de flores, algunas muy difíciles de ver en otras zonas, y pequeños arbustos con hojas afiladas como espinas. Pero cuando la época estival daba paso al otoño y las horas de luz solar se reducían, al tiempo que la temperatura descendía y las nevadas aumentaban, aquel vívido terreno experimentaba una transformación paulatina pero incesante, triste y bella a un tiempo; un espectáculo fascinante, uno de esos regalos para la vista que la naturaleza ofrece de vez en cuando.
Las lluvias de principios de otoño, suaves como un ovillo de lana y persistentes como el gato que lo persigue, embarraban el terreno y encharcaban los caminos, haciéndolos a menudo intransitables. Y, cuando su fuerza se intensificaba, arrancaban las plantas más pequeñas, destruían los nidos de las aves, y llegaban incluso a derribar algún árbol. Pero tales tormentas, por fortuna, no solían darse, y estas lluvias otoñales solían mostrar su cara más amable: humedecían el ambiente, propiciando la aparición de diversas clases de musgo y liquen sobre las rocas y las cortezas de las coníferas; revitalizaban el caudal de los arroyos y riachuelos de la zona, que alimentaban los lagos a los que cientos de especies animales acudían a beber; y traían, en fin, junto a sus gotas, una nueva estación, que alejaba por fin los días de verano a los que tan poco acostumbrados estaban la flora y la fauna de aquellos bosques, pero que con cada día que pasaba se acercaba, peligrosamente, hacia el temido, frío y crudo inverno.
Y es que allí, tan al norte, el invierno caía sobre aldeas y montañas, sobre ciudades, campos y bosques, con una brusquedad aterradora. En pocas semanas, o incluso días cuando los años se acortaban mucho, un grueso manto de nieve caía del cielo y teñía de blanco enormes extensiones, logrando que no importara si lo que había debajo eran poblaciones o bosques, prados o campos de cultivo. A vista de pájaro, el paisaje se convertía en un todo blanco, un blanco y frío tormento que sepultaba plantas y arbustos, congelaba ríos y lagos, privaba a algunos animales de prados donde pastar y a otros de madrigueras donde dormir, y se aposentaba a las puertas de las casas y en las copas de los árboles, dificultando a los habitantes hacer vida normal y a las plantas captar la luz solar que necesitan para vivir.
Y es que allí, tan al norte, el temido invierno era muy frío, y muy crudo. Pero era, a pesar de todo, aterradoramente bello.
—¡Por fin! —exclamó uno de los jinetes, y su voz sonó sorda e irreconocible, amortiguada por la bufanda y la capucha—. Empezaba a pensar que no llegaríamos nunca.
Habían llegado a la cima de una pequeña colina, donde el viento azotaba con fuerza. La densidad de árboles allí arriba era un poco menor, por lo que pudieron ver con claridad dónde estaban. El bosque les rodeaba, y la nieve lo cubría todo. Serpenteantes arroyos y multitud de pequeñas lagunas salpicaban de tonos azules aquella infinidad blanca. Algunos cipreses, los más altos, se inclinaban con las fuertes rachas de aire, como ofreciendo sumisas reverencias al viento. Miraron al oeste. El Sol, del que ya sólo se veía un pequeño fragmento flotando sobre las aguas, teñía de rojo y naranja el horizonte y las nubes de poniente, ofreciendo a los viajeros una bonita imagen del atardecer: a sus pies, el blanco salpicado de azul y verde de muchas leguas de bosques y prados nevados; más allá, el azul repleto de brillantes destellos dorados de las aguas del Océano del Oeste, que reflejaban lo poco que quedaba de Sol, haciéndolo semejar un enorme ojo ígneo que lo vigilaba todo; sobre el horizonte, el intenso naranja rojizo del que el ardiente ojo coloreaba las nubes, un poco más dispersas allí que en tierra; y, sobre sus cabezas, el amenazante gris oscuro de los nubarrones que cubrían el cielo, y que iba tornándose en negro conforme la noche llegaba.
Desviaron la mirada hacía donde se dirigían, hacia el norte. Ante ellos, a los pies de la colina, se abría un pequeño valle, estrecho y alargado, completamente cubierto de nieve. Sólo algunos árboles dispersos y un modesto riachuelo que lo atravesaba de este a oeste conseguían romper aquella monotonía blanca. El camino, también sepultado bajo la nieve, discurría a lo largo del valle. En el punto donde se cruzaba con el arroyo había un sencillo puente de piedra, que más que para vadear la escasa profundidad estaba allí para evitar el hielo cuando el agua se congelaba. Al otro lado del puente, alguien había apartado la nieve justo donde el camino se bifurcaba. Recto, el sendero continuaba hacia el otro extremo del valle, y se perdía entre las colinas. Y a la izquierda, a apenas unos pasos, estaba la posada que acababa de arrancar un suspiro de alivio a los viajeros.
Era un edificio de dos alturas, construido en madera y piedra, muy maltratado por los años y las inclemencias del tiempo. El tejado no tenía la suficiente pendiente, y la nieve se acumulaba peligrosamente sobre él. De la chimenea salían densas bocanadas de un humo negruzco, que nada más asomar se desintegraban por el fuerte viento. Una luz amarillenta salía de algunas ventanas y por el ventanillo de la puerta pricipal, hábilmente distanciada del suelo por unos pocos escalones de piedra de los que sólo el último estaba todavía libre de nieve.
El Sol ya se había puesto. Llegaron ante la puerta de madera oscura, y alguien les abrió antes incluso de que llamaran. Era una mujer de mediana edad, brazos fuertes y rostro severo, que dedicó una cálida sonrisa a los recién llegados.
—Bienvenidos a mi refugio, viajeros. —Su voz era firme y algo grave, pero amable—. Pasad, pasad. Debéis de estar cansados y muertos de frío.
Nada más atravesar la puerta, una reconfortante bocanada de calor les golpeó lo poco que llevaban descubierto de cara. Era casi la hora de cenar, y el olor que llegaba de la cocina se coló en sus fosas nasales. La mujer mandó a un chico flaco y pelirrojo a ocuparse de los caballos, cerró la puerta, y les preguntó si pasarían allí la noche.
—Sí, sí —asintió una de las figuras, la más alta—. Hace días que no dormimos en una cama y a cubierto. Los refugios por aquí son bastante escasos...
—Cierto, lo son. Pero por suerte está el mío —dijo la posadera, sonriente y visiblemente orgullosa de su negocio—. Me quedan unas pocas habitaciones en el piso de arriba. Dos pequeñas y una mediana, si no me equivoco. Veo que sois dos, así que permitidme recomendaros la mediana, que además está cerca de la chimenea y le llega algo de calor.
Esto último les convenció, más que el tamaño o el precio.
—Nos quedamos la mediana.
—Perfecto —dijo con una sonrisa aún mayor. Se sentó junto a una mesa estrecha y alargada, abrió un pequeño cuaderno y mojó una vieja pluma en un tintero—. ¿Me decís un nombre, por favor?
La temperatura en aquel pequeño recibidor no era precisamente cálida, pero una delicia comparada con la de fuera. Aunque aún tenían el frío incrustado en los huesos, las pieles empezaban a sobrarles. Se aflojaron los largos abrigos de pieles y se quitaron las capuchas y las bufandas, descubriendo, para sorpresa de la posadera, dos jóvenes rostros femeninos. Una era una bella muchacha de unos quince años, de tez pálida, rasgos delicados, y larga melena rubia dorada, que le caía en una cascada de alegres tirabuzones hasta casi la cintura. La otra, un poco más alta, parecía uno o dos años mayor, pero era igualmente joven y bella, aunque de un modo del todo diferente a la primera. Su cabello era de un color castaño muy oscuro, casi negro, y con suaves ondulaciones que le llegaban hasta media espalda. Enmarcaban un rostro claro pero no tan pálido, más delgado y menos delicado, pero muy atractivo. Era ella la que había hablado hasta entonces, y la que se ofreció para dar su nombre.
—Samy —dijo con voz firme.
La mujer, todavía un poco sorprendida, se apresuró a apuntar el nombre. La muchacha rubia sonreía tímidamente, pero la morena, la que había hablado, lo había hecho muy seria y sin un atisbo de sonrisa. No le habían dado ningún apellido, pero pensó que sería mejor no preguntar.
—Está bien. —Su sonrisa ya no era tan amplia—. Seguidme, os llevaré a vuestra habitación. —Se dirigieron hacia la empinada escalera, de piedra recubierta de madera desgastada—. La cena es en la sala común, dentro de un rato. No lleguéis muy tarde, hay bastante gente y muy hambrienta, y podríais quedaros sin.
Les abrió la puerta, esperó su aprobación, y se despidió con un gesto, recorriendo a paso rápido el pasillo de vuelta hacia las escaleras.
La estancia era más bien pequeña, pero acogedora. Apenas las dos camas, un armario estrecho y una antigua cómoda de tres cajones llenaban el espacio. Unas cortinas deshilachadas por los bordes y un espejo enmarcado colgado sobre la cómoda eran los únicos adornos en las paredes de madera desnuda. Una lámpara de aceite, situada en una mesilla entre ambas camas, iluminaba ténuemente la estancia. Cuando estuvieron solas, se sentaron en los viejos pero mullidos colchones, y la muchacha rubia dejó escapar una leve risita.
—Con que Samy, ¿eh? —Lo decía con tono divertido. Le había hecho gracia cuando su compañera dio ese nombre, pero había contenido la risa para que la posadera no sospechara—. Cada vez admiro más tu capacidad para improvisar.
—No me esperaba que nos fuera a preguntar el nombre —contestó, esbozando una pícara sonrisa—. De todas formas, tampoco le he engañado tanto. Mi padre solía llamarme Tary en vez de Tharie... Y al fin y al cabo, Samy se parece bastante a Tary, y al mismo tiempo es muy distinto, ¿no crees?
Ambas se dejaron caer de espaldas sobre las sábanas y se echaron a reír, como tantas veces habían reído juntas desde pequeñas. Estaban cansadas, algo sucias por el viaje y con el frío todavía dentro. Se habían quitado los abrigos, los guantes y las bufandas, pero aún llevaban puestas las ropas de viaje. Permanecieron así un rato, tiradas en las camas, con el pelo revuelto y riendo con ganas. Cuando las risas cesaron, se dieron cuenta de que tenían hambre.
—¿Bajamos a cenar? —preguntó Tharie, todavía mirando al techo y con una sonrisa en los labios—. Huele desde aquí a carne asada y a pastel de limón, y yo tengo un hambre de oso.
—Tendremos que quitarnos todo esto antes —contestó la voz de su amiga desde la otra cama—. A ti te quedan muy bien, pero a mí... Me veo horrible con todo este cuero y estas pesadas botas. Con lo cómodos que son los vestidos...
—Ni se te ocurra, Lya. —Se incorporó sobre los codos con un movimiento brusco, y sus palabras tomaron un tono autoritario, casi de reprimenda—. En ese comedor habrá de todo menos caballeros galantes y damas con vestidos de seda. De hecho, estará lleno de maleantes, mercenarios y soldados que llevan mucho tiempo lejos de sus casas. De hombres que, tras unas cuantas copas de vino, no dudarán en confundir esta posada con un burdel si nos ven con túnicas de colores o vestiditos bordados. Tenemos que pasar lo más desapercibidas que sea posible.
Se dio cuenta de que quizás se había excedido un poco, y que la sonrisa de Lya se había esfumado. Pero de repente su tono se suavizó, y la sonrisa pícara volvió a asomar en sus labios. Lya advirtió este cambio repentino, se incorporó un poco con los brazos y arqueó las cejas, extrañada.
—Además... —siguió Tharie, y recorrió a su amiga con la mirada, de pies a cabeza, con la traviesa sonrisa todavía en la boca—. Te quedan genial esas botas... y el cuero ceñido te realza esos preciosos pechos. ¿Qué más quieres?
—Te voy a...
Lya no se lo pensó dos veces. Cogió la almohada de su cama y se abalanzó sobre su amiga, al tiempo que las dos volvían a estallar en alegres carcajadas. Estuvieron un rato así, revolcándose entre las sábanas, riendo tanto que no eran capaces ni de atizarse con las almohadas. Cuando estuvieron exhaustas se quedaron allí tendidas, jadeando y riendo a la vez, una apoyada sobre la otra, hasta que empezaron a recuperar el aliento.
—¿Bajamos a cenar? —preguntó Tharie, todavía mirando al techo y con una sonrisa en los labios—. Sigue oliendo a carne asada y a pastel de limón.
Volvieron a reír juntas una vez más, pero esta vez se levantaron, apagaron la lámpara de aceite, y se dirigieron hacia las escaleras.

se ve interesantísimo! Además, la temática de tu escrito y el mío son parecidas... el mío también mezcla fantasía y realidad 




